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jueves, 8 de octubre de 2009

Después de todo


Él caminó, corrió-si pudiera volar lo habría hecho-y terminó siendo absuelto por la histeria y el desenfreno que terminó por colmar su vida en un par de segundos subatómicos.

Simplemente consideró el ignorar o el ser ignorado, y "siendo francos" decía con el mentón derrotado que descansaba sobre sus manos "ninguna se ve demasiado bien, y ninguna suena lo suficientemente mal".

Al pasar de los días, se dejó invadir completamente por los rayos catódicos, que ya no eran enormes manchas bicolor que sofocaban de emoción las mentes antiguas que no confiaban en la nueva tecnología, ahora simplemente era un elemento más que cubría la ansiedad en con un noventa por ciento más de eficacia que el resto de las comidas envasadas que acostumbraba consumir después del calor sofocante que desgarraba su rostro juvenil en las tardes-como desde las tres hasta las cuatro.

Fulminó con la mirada a las bicicletas que disfrutaban del cariño del sol, y nos encontramos en la esquina, como Sherlock Holmes y Watson, intentando descubrir un dificil crimen de primavera-esos eran los peores.

El disparo sonó con toda la intensidad que un disparo pudo haber tenido, pero Sherlok y Watson ignoraron la eventual tragedia y, como las bicicletas primaverales, acogieron el calor del sol, y continuaron sonriendo, sin importan cuan fuertes fueran los tiros, ni cuan alta era la expectativa de los lectores al terminar la novela.


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