
Sentí que complementaba mi vida con vacíos irregulares, con acantilados oscuros e indefinidos. A veces la caída era ligera y daba una sensación de vuelo que se perdía cuando las rocas rasguñaban mis entrañas, y luego volvía a caer, un poco más rápido para despertarme, y luego todo se tornaba ligero nuevamente y me sumía en un sueño espantosamente irreconocible, casi feliz. Y es que esa es la verdad: yo era feliz, y aún debo serlo.
Quizás estoy dormida.
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